Opinión

Singapur o Guayaquil

Singapur o Guayaquil

Opinión de Luis Eduardo Bresciani Lecannelier. Past President, Consejo Nacional de Desarrollo Urbano Director Escuela de Arquitectura UC.

04/13/2020

Aunque la prioridad del presente debe ser salvar vidas y apoyar solidariamente las políticas sanitarias, estamos obligados a mirar en forma integrada esta pandemia.  Por eso podemos sostener, que las ciudades pueden jugar un rol clave en responder de mejor forma a las amenazas de las actuales y futuras crisis.

Ni la densidad, ni las ciudades son las culpables del impacto del COVID-19.  Es la forma en que las hemos diseñado y gobernado.  Esa es la diferencia entre el éxito de Singapur y el drama de Guayaquil.  Ambas áreas metropolitanas densas, con poblaciones entre los 3 y 5 millones de habitantes, densidades metropolitanas y climas idénticos que estimulan la vida en el espacio público.  La primera ciudad con solo 8 muertos, y la otra ciudad proyecta llegar a 3.500 muertos en las próximas semanas. Una planificada, con instituciones estatales fuertes, gestión pública del suelo y la vivienda (80% de la vivienda es pública), desarrollo de subcentros con usos mixtos y servicios públicos, estándares equitativos de ciudad, integración social y étnica.  Otra, construida sin mayor planificación, en base a masivos asentamientos irregulares, segregación social y altos niveles de desigualdad en el acceso a empleos, servicios, vivienda formal e infraestructura.  

Aunque el éxito transitorio de Singapur, también de su estructura de gobierno, esta metrópolis está mejor preparada para establecer controles zonales y hacer seguimiento a los contagiados, posibilitando el funcionamiento básico de la ciudad.   Por el contrario, Guayaquil representa lo que podría ocurrir en muchas ciudades del mundo en desarrollo. Un gobierno de ciudad débil, con autoridades que no tienen las herramientas para hacer seguimiento de los contagiados y las muertes, altos niveles de desigualdad social y una economía basada en amplios mercados informales.

Sabemos que esta crisis global afectará con mayor fuerza a las poblaciones más vulnerables del planeta. De las cuarentenas en los países desarrollados y sectores de altos ingresos de nuestras ciudades, estamos pasando rápidamente a los sectores sociales más vulnerables de las ciudades, como ocurre con el sector poniente de la comuna de Puente Alto.  Son los más pobres los que sufrirán con mayor intensidad el impacto de esta pandemia y la posterior crisis económica. Esta es la razón por lo que las políticas urbanas deben volver a reconectase con las políticas de salud pública. 

Si la crisis de octubre de 2019 acentuó la necesidad de resolver las desigualdades sociales, esta mega crisis sanitaria obliga a priorizar con aún mayor fuerza y urgencia la atención de los barrios y comunas donde habitan los grupos más vulnerables.  Son esos vastos territorios, como en Guayaquil, donde los habitantes no tienen acceso al teletrabajo, donde no es posible quedarse en casa para sobrevivir, donde el acceso a comercio y servicios obliga a recorrer largas distancias, donde el empleo es informal y dependen del diario contacto social.

Para establecer la conexión que debe existir entre la arquitectura, la planificación urbana y la creación de ciudades justas y saludables, deberemos tomar medidas mucho más drásticas, como lo ha hecho Singapur por años. Es necesario transformar nuestras ciudades y barrios en espacios de defensa ante las crisis futuras que vendrán, facilitando la solidaridad en los barrios, la proliferación de subcentros con densidades medias que permitan el acceso a empleos y servicios a distancias cortas, la construcción de viviendas con estándares de sostenibilidad y las condiciones para la expansión de los medios de transporte no motorizados, que además reduzcan la contaminación y estimulen la vida saludable. Esto requerirá de medidas radicales para cambiar, no solo mitigar, las actuales tendencias de desarrollo urbano. 

Hoy más que nunca, la desigualdad urbana y la segregación social pueden ser un factor de vida o muerte.  Por eso, nuestras políticas urbanas y territoriales deberán acelerar los cambios legales e institucionales necesarios para responder a los nuevos desafíos, mediante la creación de verdaderos gobiernos metropolitanos y de ciudad, el fortalecimiento de las capacidades del Estado para liderar el desarrollo urbano, y una terapia intensiva de inversión en nuestros “guayaquiles”, para que más temprano que tarde puedan ser los nuevos “singapures”.

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