Opinión

¿Qué ciudad queremos habitar?

¿Qué ciudad queremos habitar?

Opinión de Macarena Guajardo Mavroski, Arquitecta y Directora Ejecutiva Fundación Basura.

05/11/2020

Chile parece ser un país contradictorio. Somos el primer país en Latinoamérica donde se promulga la Ley de Fomento al Reciclaje y Responsabilidad Extendida al Productor y, al mismo tiempo, líderes en la generación de desechos en la región, con 456 kilos anuales por persona según datos de Waste Atlas. Hablamos de reciclaje pero nuestros niveles de consumo siguen aumentando de manera desmedida.

Según el Cuarto Reporte del Estado del Medio Ambiente (Ministerio de Medio Ambiente, 2018), se estima que cerca del 76% de los residuos no peligrosos generados van a parar a​rellenos sanitarios o vertederos. Estos lugares, son usualmente localizados en la periferia de las ciudades, idealmente alejados de la urbe central y esplendorosa, de la visión de los habitantes y los turistas, donde esa bolsa negra y opaca de basura se convierte en un recuerdo olvidado desde el inicio. Desafortunadamente, personas y seres vivos que no tuvieron nada que ver con esa seguidilla de sucesos, sufren las consecuencias del síndrome del patio trasero (NIMBY) debiendo sufrir los impactos sociales y ambientales que esto genera.

¡Y nuestra basura tiene directa relación con la crisis climática! Hoy, “la producción, el consumo y el tratamiento de todos los bienes en el mundo es responsable del 62% de las emisiones de gases de efecto invernadero” (Break Free From Plastic, 2019), por lo tanto, nuestros hábitos y las decisiones que tomamos generan un impacto en nuestra propia salud y la de todos los seres vivos. Me pregunto, ¿a qué estamos dispuestos a acostumbrarnos como sociedad con tal de no hacernos cargo? ¿Normalizaremos, además de los vertederos ilegales, las zonas de sacrificio y las comunidades sin acceso al agua? ¿Estamos dispuestos a aceptar que nuestra propia salud y el futuro de las generaciones más jóvenes estén en riesgo?

El Estallido Social y la Pandemia del COVID-19, han dejado marcas, reflexiones y cuestionamiento que espero puedan quedarse por largo tiempo. La detención total del mundo podría significar un atisbo de esperanza a la realidad tragicómica que vivimos, donde buscamos la felicidad a través de objetos para impresionar. Objetos cuya fabricación y posterior desecho irresponsable, atenta con nuestra propia salud, bienestar y calidad de vida. Esto se refleja en las ciudades, en la arquitectura, en la manera de habitar, en la manera de pensar, de decir, de votar.

La responsabilidad directa de propiciar ese equilibrio tan buscado la tiene la especie humana. Y claramente -dado que el sobregiro ecológico en Chile ya está ubicado en en el mes de Mayo estamos haciendo lo contrario. Vemos y tratamos a la naturaleza como un bien de consumo que existe para satisfacer nuestras necesidades, por sobre las de otras personas y seres vivos con quienes compartimos esta tierra. Reconocer al medio ambiente como la base de cualquier tipo de funcionamiento equilibrado es parte de los puntos críticos al que avanzar como especie.

Cada decisión es una acto político y la urbe es el resultado de las decisiones que tomamos en conjunto. Qué ciudad queremos habitar, es también preguntarnos qué es lo que queremos considerar como “normal”. Por mi parte, quisiera que fuera normal todas las personas tuvieran agua para lavarse las manos y no contagiarse de COVID-19; quisiera que las empresas diseñen todos sus productos pensando en que sus envases serán recuperados; que en todos las casas, edificios, condominios, barrios o plazas públicas hubieran composteras o huertos comunitarios para tener más soberanía alimentaria y menos residuos dando vueltas por la ciudad, aire limpio para respirar, áreas verdes para compartir y recuperar los lazos de confianza.

Si tan sólo nos hiciéramos la pregunta.