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Miguel Lawner: la memoria del urbanismo

Miguel Lawner: la memoria del urbanismo

20-11-2018

El 3 de noviembre, se realizó en el GAM un homenaje a uno de los más destacados arquitectos nacionales, Miguel Lawner. Con motivo de su cumpleaños número 90, el centro cultural celebró al ex director de la Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu) durante el gobierno de Salvador Allende, ex director nacional del Colegio de Arquitectos y responsable de proyectos como la Villa San Luis y la remodelación del Parque O’Higgins, con una celebración en la Plaza Zócalo y una exposición fotográfica con hitos de su vida.

Como CNDU nos quisimos sumar a la celebración y conversar con quien también fuera nuestro consejero en el período anterior.

No es casual que lo hayan celebrado en el GAM, cuya construcción, en 1972, fue dirigida por usted para albergar la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo en el Tercer Mundo (UNCTAD), donde el país recibió a más de tres mil delegados de 140 países distintos.

—Estoy francamente estupefacto de todo el marco que rodeó la celebración de mi cumpleaños. La verdad es que cuando cumplí los 90 años, en agosto, nos reunimos como siempre con mi familia y amigos y allí parece que se concertaron, en desconocimiento mío, para organizar este evento que fue creciendo.

Comprenderás que ahí se me juntaron demasiadas cosas. Ponte tú, la sala donde tuvo lugar la ceremonia es uno de los pocos espacios que quedó tal cual del proyecto original, porque el resto cambió bastante. Y me hizo recordar la emoción de haber entrado justamente a esa sala cuando se estaba celebrando la asamblea de la UNCTAD, para la cual habíamos construido el edificio. Entonces, imposible sustraerme porque cómo nos entregamos para sacar ese edificio en los 275 días que teníamos… Me cuesta expresarlo. Y bueno, resultó, se inauguró con pleno éxito, los delegados extranjeros quedaron con la boca abierta. Era insólito para muchos delegados de Oriente, de Asia, que en su perra vida habían oído algo de Chile, un país subdesarrollado, perdido en el planeta, encontrarse con este edificio espectacular.

Durante su vida ha sido testigo importante de la historia reciente del país como, también, de Santiago. Para usted, ¿cómo ha ido cambiando la ciudad?

—Hay un fenómeno serio, que ha ido in crescendo, que es el problema de la segregación social. No quiero mitificar y decir que antes no había diferencia entre barrios altos o barrios bajos, pero el nivel de segregación que se ha ido generando ahora, es extremadamente serio.

Sobre todo de los 80’ para adelante. 

—Efectivamente, desde la dictadura. Y, desgraciadamente, las políticas implementadas con posterioridad, no combatieron este asunto. El Estado tiene que jugar un rol diferente en materias de políticas de suelo, tiene que jugar un rol activo en eso, adquiriendo los suelos que haya que adquirir, o proporcionando lo que ya tenga, porque, sino, no hay cómo combatir este fenómeno. Lo del suelo urbano es fundamental, dirigido por el Estado, para poder construir donde hay que construir y no donde te ofrecen las constructoras. Mientras el Estado no juegue un rol decisivo en la política de suelo, no hay como combatir la segregación social urbana.

Usted estuvo a cargo de proyectos emblemáticos, como el de la Villa San Luis en Las Condes. ¿Cómo ve el desarrollo de la vivienda social hoy en Chile? ¿Le gusta, por ejemplo, el proyecto de las torres en la rotonda Atenas?

—Me parece muy bien, pero no tengo por qué asombrarme. Lo que sí es asombroso es que un proyecto como ese genere el revuelo que ha generado. Estamos obligados a hacer una campaña educacional, porque no es posible que la población aledaña haya reaccionado, incluso levantado banderas negras por eso. Eso es inaceptable, es un nivel de discriminación social muy peligroso, próximo al fascismo. Cómo les vas a prohibir a familias que han residido en Las Condes veinte años o más vivir allí. Es inaceptable la reacción. Me alegro de que el alcalde haya sido enérgico en ese sentido. Y es algo que debemos incentivar, si en Vitacura también se necesitan, en todos los barrios. En todas partes hay gente que ha residido por años, que tienen lazos familiares, de amistad, de estudios, que les gustaría, en la eventualidad de tener que aspirar a una nueva vivienda, a seguir viviendo en ese lugar, su lugar de siempre. Esa es una aspiración legítima y las políticas públicas tienen que hacerla posible. 

¿Cree que por ahí va el camino de la vivienda social a futuro?

—Sí, por supuesto, ese es el camino. Y yo diría que el ministerio de Vivienda debiera pensar seriamente en lo que hicimos nosotros durante la administración de Frei Montalva y de Allende con las sociedades mixtas. Por ejemplo, para enfrentar el problema del flujo migratorio, el ideal es localizar esto a nivel comunal. Es decir, si tú creas una sociedad mixta como la que también teníamos entonces, por ejemplo, la municipalidad de Independencia con el Serviu, o de Recoleta, Renca. Eso te permite desarrollar proyectos de vivienda sociales que se mantienen en el régimen de arriendo, no de propiedad. Arriendos protegidos, que los gestionen y administren estas sociedades. Eso no puede ser una política centralizada, tiene que ser a nivel comunal, porque eso le permite mantener la administración eficiente de estos conjuntos. Y vas a ir creando un margen importante de viviendas de esta naturaleza con regímenes de arriendo no especulativos, va a ser un golpe a la especulación que tenemos que sufrir hoy día con viviendas, piezas miserables que los especuladores aprovechan por la alta demanda como consecuencia del flujo migratorio. Es un caso que tenemos que enfrentar, y el ministerio no lo puede enfrentar solo. Tiene que ser asociado con los municipios. Y tiene que ser en la fórmula no de ofrecer un producto que se vende, sino que se arrienda, hasta que las familias puedan encontrar una localización definitiva.

DE COUSIÑO A O’HIGGINS

Yendo a otro tema, usted participó del rediseño del Parque O’Higgins. ¿Me podría contar de esa experiencia?

—Ese fue otro desafío importante. El parque, cuando asumimos en 1971, era un lugar abandonado. En las noches, era territorio de delincuentes. En el día, lo único que realmente había era la elipse, que en ese tiempo era un gran espacio de tierra, que no estaba pavimentado, nada, y era utilizado como espacio de práctica para aprender a manejar. Todos los que aprendimos a manejar, me incluyo, íbamos al parque. Pero hacía más de treinta años que el parque estaba totalmente abandonado. No se regaban los árboles. Organizamos un departamento que llamamos Parques y jardines, que se instaló en el mismo parque. Y se hizo el proyecto de remodelación, que fue bellísimo. Se crearon espacios para asados, que antes no existían, se recuperó la laguna, se hizo un regado automático completo para todo el parque, y creamos la pista para las paradas militares. Eso fue polémico, eso sí.

¿Por qué?

—Porque en ese tiempo estaba de comandante en jefe el general Carlos Prats, y el Ejército planteó sus peticiones. Y eso significaba pavimentar una pista de 60 metros de ancho por 400, más o menos. ¡Descomunal! Además, había que pavimentar dejándola apta para el peso de los blindados. Eso significó construir una loza de hormigón armado, de 30 centímetros de espesor, con armadura de fierro que, hay que reconocer, finalmente fue bueno, porque los servicios que ha prestado esa loza fueron maravillosos, y está impecable. También se hizo una pequeña lomita elevada para permitir el acceso de gente para ver la parada en el sector oriente del parque, adyacente a la pista pavimentada. Debajo de esa lomita, construimos una gran cantidad de camarines, porque nuestra idea original era que la pista del curso de todo el año, salvo cuando se celebrara la parada militar, fuera una gran multicancha y para eso se habilitaron camarines. También se hizo allí una cocina, todo eso está oculto, debajo de la loma.

El parque se reinauguró para la parada militar de septiembre de 1972.  Llegó tal cantidad de gente, unas 150.000 personas… Terminada la parada, el parque quedó abierto y hubo que volver a cerrarlo durante dos meses, porque gran parte del césped que estaba recién emergiendo, quedó destruido. Eso nos obligó a reabrirlo cuando ya tuvimos certeza de que el pasto iba a permitir un uso masivo.

A iniciativa nuestra, además, se le cambió el nombre al parque, que se antes se llamaba Cousiño. Ese parque fue donado por la familia Cousiño, dueños de las famosas minas de carbón en Lota y del palacio Cousiño. De hecho, su propiedad se extendía desde el palacio hasta el parque, de manera que se llamó así toda la vida. Hasta que hicimos la remodelación y ahí el general Prats propuso que le pusiéramos el nombre del nuestro libertador, Bernardo O’Higgins.

¿Cuál es su diagnóstico de la situación de los parques públicos chilenos?

—Se ha mejorado. La gestión suele ser difícil cuando queda en manos de municipalidades que carecen de recursos para cuidarlos como se debiera. Debiera haber un nivel de protección, teniendo como cabeza al Parque Metropolitano, que permitiera que estos parques nuevos que se han ido creando en algunas comunas populares tengan algún grado de respaldo, porque carecen de recursos para cuidarlos como se debiera. Por ejemplo, el parque Violeta Parra que está en Pedro Aguirre Cerda, no tiene el mantenimiento que debería. No basta la inversión inicial, hay que tener una política de mantenimiento y yo creo que debe estar asociada a un cambio de institucionalidad que permita crear un organismo por encima o más allá de las municipalidades. Además, Santiago tiene una situación privilegiada, estamos rodeados por cerros por todos lados. Muchas comunas tienen cerros como Renca, San Bernardo, el cerro de Chena, Conchalí, que son accesibles para su desarrollo como parques urbanos.

LA CUSTODIA DEL PATRIMONIO

A usted, luego de haber estado detenido en Isla Dawson y haber sido exiliado, se le encargó en 2004, la remodelación del antiguo centro de detención de la CNI. ¿Me puede contar sobre la experiencia de trabajar en un lugar que afectó su historia directamente y sobre los descubrimientos allí hicieron?

—Eso fue bastante dramático. Yo no tenía idea, pero la DINA, inmediatamente después del Golpe se apropió de siete inmuebles en la avenida República, todos de alto valor patrimonial. Dos de las propiedades las había construido un pionero de la arquitectura en Chile, Josué Smith Solar, arquitecto de la casa central de la Universidad Federico Santa María en Valparaíso y de la tribuna del Club Hípico, entre otras. Una de las casas de allí era la casa que él construyó, precisamente, para su familia. Esa y otra más fueron las que se apropió la DINA y después su sucesora, la CNI. Una vez que se acabó la CNI, vino el cambio democrático, asumió el presidente Aylwin, pero hasta el año 2004, permanecieron en poder del Ejército. Ahí no sé cómo, el gobierno del presidente Lagos logró negociar, y le entregaron estas propiedades. El hecho es que entregaron las casas y el Serviu las puso en venta pública. Ahí la Fundación Allende compró ésta, en República 475. Ahí la familia me pidió que asumiera la remodelación.

Cuando entramos por primera vez estaba todo a oscuras. Tuvimos que alumbrarnos con una linterna. Bajamos al subterráneo y nos encontramos con una central telefónica gigante, que conservamos prácticamente tal como estaba, y que se puede visitar ahora. Averiguamos con técnicos de la época y consideraron que era un equipo de una capacidad inverosímil para haber captado conversaciones telefónicas a lo largo de todo Chile.

Después, todo el resto de los recintos de este piso subterráneo, contaba con cinco o seis enchufes, cosa inusitada para la época. La única versión posible era que en cada uno de esos lugares había alguien sentado en un escritorio con una grabadora instalada al lado. Y había cuatro o cinco piezas de ese mismo sentido. Y bueno, aparecieron las famosas láminas.

Cuénteme de eso.

—El episodio de las láminas fue insólito porque, si tú te fijas, la casa que es de tres pisos de altura, tiene una cubierta con una gran pendiente, y era evidente que tenía que haber una estructura de madera interesante formando toda la techumbre. Pero cuando subías al tercer piso había un tercer piso miserable, con planchas de terciado de vulcanita, liso, plano. O sea, tú no podías dominar la estructura de madera. Y considerando que en esos años todo se construía con nobleza de materiales, decidimos levantar este cielo, que no tenía ningún valor, y al empezar a levantar las planchas del cielo empezaron a caer unas láminas en papel manila como le llamábamos entonces, unos pliegues de 70 cm x 1.10, en donde había escrito con plumón… Empezamos a ver, estaba la estructura organizacional de la CNI, su presupuesto del 82 al 83, una cantidad de diagramas… Un tesoro, hoy en día. La persona que fondeó eso ahí lo hizo deliberadamente. Alguno de ellos pensó: algún día, esto se tiene que saber y escondió esas láminas. Nosotros, afortunados, las encontramos. Nos cayó del cielo, un verdadero maná.

Para finalizar, ¿cómo conviven hoy en Chile la planificación urbana con la memoria?

—La memoria es un capítulo del cual escasamente se acuerda la gente y a menudo se pisotea, se vulnera. Por ejemplo la historia de la villa San Luis, es un capítulo en el cual se ha vulnerado la memoria histórica. Y cuántas veces avasallamos monumentos nacionales o no los preservamos como debiéramos, porque carecemos de normas respecto a planificación urbana que dejen en claro la custodia de nuestro patrimonio. Una ciudad sin preservar su patrimonio, sin su memoria histórica, no vale un peso. Piensa tú en Europa, con qué cuidado se preservan todos sus valores patrimoniales urbanos, que hacen que turista que va a Florencia, a París, a Roma, los recorre con qué placer y aquí con qué facilidad pasamos por encima de valores tan importantes. Mira lo que hubo que hacer para defender el Palacio Pereira que estuvo 30 años abandonado y a punto de mandarse, de destruirse. Ahora por suerte se va, entiendo, a recuperar para beneficio de todos los chilenos.