Opinión

¿De qué densidad hablamos cuando hablamos de densidad?

¿De qué densidad hablamos cuando hablamos de densidad?

Opinión de Humberto Eliash, presidente Colegio de Arquitectos

16-04-2019

El tema de la densificación de las ciudades chilenas se ha vuelto un asunto recurrente en el actual estado de desarrollo económico y social del país. Si antaño los temas eran la higiene o el crecimiento, hoy lo es la densidad y la equidad. Y no cualquier densidad, ni cualquier equidad. Uno de los grupos de trabajo del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano, en el que participo, se llama Densificación equilibrada, e intenta abordar simultáneamente los problemas de densidad y de equidad. Los objetivos planteados para esta comisión son los siguientes:

  1. Promover una densificación eficiente, que evite situaciones de subutilización de la infraestructura y controle aquellas en que se sobrecarga.
  2. Impulsar una densificación equitativa, que promueva el acceso de oportunidades de forma asequible.
  3. Procurar una densificación armoniosa, que a través de la forma urbana impulse el uso sustentable del suelo urbano y el espacio público.
  4. Favorecer una densificación cohesionada, que reduzca situaciones de conflicto urbano y fortalezca el capital social.

La densidad poblacional de las ciudades es una de las variables más complejas de todas las del fenómeno urbano. Sabemos que es mejor tener más áreas verdes que menos, menos que más congestión vial, etc., pero no hay densidades buenas o malas. Hay densidades bajas o altas pero no hay relación directa entre baja densidad como sinónimo de buena calidad de vida urbana, o alta densidad equivalente a mala calidad. Hay ciudades altamente densificadas como Munich, Hamburgo, Tokio, Ámsterdam o Barcelona, que tienen muy alta calidad de vida. Pero también hay ciudades muy densas que tienen bajos índices de calidad de vida: Bombay, Lagos, Manila o Maputo. Por otra, parte hay ciudades de baja densidad como Los Ángeles, Houston o Lausanne, que presentan altos niveles de calidad de vida y también ocurre lo contrario. No hay recetas que sean aplicables a cualquier ciudad y, además, estas variaciones pueden presentarse en un mismo país.

Chile es uno de los países menos densos de América Latina. Somos apenas 17 millones para un territorio de 700 mil km2, que no hemos llegado ni a conocer ni a dominar. Ya lo sentenció Nicanor Parra: “creemos ser país y somos apenas paisaje”. Tenemos regiones muy densas como las del centro sur, y otras regiones prácticamente vacías como el Norte Grande y la Patagonia. El 80% de la población de Chile se concentra en sólo ocho regiones de la Zona Central de nuestro territorio.

Si hablamos de los territorios urbanos el desequilibrio de densidad es también muy grande. En la Región Metropolitana tenemos casos de comunas de baja densidad como Las Condes (29 hab/Há), La Reina (40 hab/Há) y Maipú (38 hab/Há), junto a otras que triplican esos valores como Providencia (101 hab/Há), San Miguel (107 hab/Há) o La Granja (116 hab/Há).

Estos desniveles se disparan cuando vemos que en ciertos sectores de la capital se está llegando a 15.000 habitantes por hectárea, como el polígono de la comuna Estación Central (cuya densidad tradicional es de 75 ha/Há), que ha sido impactado por el fenómeno llamado de los guetos verticales. Regular las densidades urbanas se vuelve un imperativo insoslayable para nuestros planificadores urbanos y nuestras autoridades.

Los desequilibrios entre las 52 comunas que componen la Región Metropolitana de Santiago son la consecuencia de una subdivisión comunal hecha en el Gobierno militar sin criterios técnicos de racionalidad territorial, donde no se tomó en cuenta factores como la disponibilidad de espacio público, las áreas verdes o la conectividad.

Y también se debe a la ausencia de un Gobierno Metropolitano que planifique las grandes ciudades con una mirada integral y no como una sumatoria de comunas.

Sin duda el tema de la densidad es muy gravitante en la planificación actual. Hay diferentes puntos de vista como el de Marcial Echenique, que propicia la baja densidad y el crecimiento urbano en extensión como indicador de desarrollo y bienestar urbano; y otros como Cristián Boza, que defiende lo contrario: el tejido denso permite repartir mejor los atributos urbanos y optimiza los tiempos de desplazamientos.

¿Cuál será la densidad que conviene a cada ciudad? ¿Cómo regular las densidades en las ciudades en el marco de una economía de libre mercado? Son algunas de las interrogantes que están hoy en el debate y que la Comisión de Densidad equilibrada pretende abordar. Un concepto en que hay consenso es que esto no se soluciona con la pura acción del mercado, ni tampoco con buen diseño arquitectónico. Se requiere una fuerte acción del Estado y una férrea coordinación público-privado.