Opinión

Mujeres y ciudades: por qué pensar en género para planificar la ciudad

Mujeres y ciudades: por qué pensar en género para planificar la ciudad

Opinión de Liliana de Simone

16-01-2019

Arquitecta, Doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos, profesora PUC, Coordinadora del Colectivo Ciudad & Género

*Las opiniones vertidas en este espacio son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, y no representan necesariamente el pensamiento del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano.

Desde múltiples frentes, las políticas públicas y la opinión general consideran la importancia y urgencia de incorporar a las mujeres a las fuerzas laborales y la esfera pública en general, con foco en las políticas y planes para revertir estas desigualdades.
Vivir en la ciudad con un cuerpo de hombre o con un cuerpo de mujer es distinto, y determina la manera como accedemos a las oportunidades que la vida urbana nos ofrece.
No obstante, los enfoques sobre género en la ciudad en los medios tienden a sobre representar a las mujeres como víctimas de su propio género y de una ciudad de hombres. Con ello, el enfoque desde el miedo, que, si bien es urgente pero no el único importante, ha velado una discusión que debiese apuntar hacia la equidad de acceso y no solo hacia la seguridad y vigilancia del cuerpo femenino en el espacio público.
Por ello, el enfoque desde el urbanismo género-consciente resulta primordial a la hora de establecer una nueva mirada para buscar construir una ciudad mejor, y no solo parchar los errores que el actual modelo pueda generar.

No somos iguales, sino que más bien somos esencialmente diferentes. Y qué distintos que pueden ser nuestros usuarios cuando reconocemos esas diferencias en el diseño de nuestras ciudades. No puede haber modos de vivir la ciudad más opuestos que entre una anciana de 80 años y un joven adolescente de 16; o entre una embarazada de 35 y un hombre trabajador de 50, o entre una niña de 12 y un abuelo de 90. Nuestros cuerpos cambian, y nuestra movilidad y por ende la accesibilidad que requerimos, muta en el tiempo. Nacemos dependiendo de otros, y así nos mantenemos hasta una avanzada edad. A la vez, perecemos en necesidad del cuidado de otros, y movernos en la ciudad tiende a hacerse más difícil mientras envejecemos. ¿Por qué hemos aborrecido hablar de lo diferentes que somos?

En la ciudad, es la diferencia la que nos define. Por eso pensar que la igualdad en el diseño debiese ser un fin de toda política urbana, es partir con el pie errado. Hacernos cargo de esto implica un cambio de paradigma de cómo pensamos y diseñamos la vivienda, la ciudad, la metrópolis.
Y es que nuestra tradición arquitectónica y urbanística nos ha enseñado a pensar desde la abstracción. Es impensado partir un diseño desde las diferencias que cada uno tenemos, por eso partimos desde las cosas que nos igualan: usos compartidos, flujos comunitarios, espacios de estanco para todos, etc. Sin embargo, todas esas respuestas nacen de la abstracción de nuestras necesidades reales, muchas veces llegando a soluciones que, por abstractas, no satisfacen a ninguno, ni siquiera a una ‘mayoría’.
Por ejemplo, pensemos en las estandarizaciones en medidas ergonométricas que nos indican cuanto debiesen medir las sillas del Metro o cuando mide un brazo estirado hacia una mancuerna de un bus. ¿Bajo qué medidas ideales se han hecho estas estandarizaciones que tanto consultamos a la hora de diseñar? Muy probablemente sean abstracciones que hemos heredado de manuales extranjeros, de lugares donde la altura promedio es bien distinta de aquella altura promedio chilena. Sin embargo, en nuestros parques y espacios del transporte público nos encontramos con diseños hostiles a nuestra propia fisionomía local. ¿Cuantos de nosotros no alcanzaremos nunca una mancuerda del bus? ¿Cuántos de nosotros no usaran nunca una bicicleta al trabajo, porque nuestra fisionomía, cultura, alimentación y lugar de residencia en la ciudad segregada no nos lo permiten? Esto no implica que no se diseñe para los altos o para los ciclistas, implica que debemos pensar en las diferencias antes que en la jerarquización de las igualdades. Siguiendo a Susan Fainstein, quien visitará en marzo próximo el IEUT de la UC, estamos hablando de construir una ciudad justa con equidad, y no la falacia de la ciudad justa en base a una igualdad abstracta.

Más aún, cuando pensamos en quiénes han sido los modelos originales para el diseño de nuestras ciudades, debemos reconocer la evidente carencia de diseñadoras, arquitectas y planificadoras en estos procesos referenciales. Tanto el Modulor de Le Corbusier (1948) como el manual de Neufert (1936) son manuales androcéntricos, y más aún, extrañamente normalizadores de la diversidad humana. ¿Cómo vamos a saber el espacio que necesita una embarazada o un abuelo en la ciudad, si no consideramos en la mesa de diseño a representantes de estos cuerpos?

Hay al menos dos maneras para empezar a actuar sobre este tema: primero, incorporar más mujeres a las mesas de diseño y toma de decisión. Las visiones femeninas actúan como catalizadores de otros géneros y cuerpos que han sido invisibilizadas en la planificación urbana, ya que culturalmente las mujeres actúan como representantes de otros grupos minoritarios que, por tradición, acostumbran a cuidar y nutrir a otros, como niños y ancianos. A esto se le llama la ‘economía del cuidado’, pues las mujeres son quienes tienden en mayoría a cuidar, transportar, y administrar las necesidades de los niños, los enfermos y los ancianos, sin un reconocimiento económico de esta función social. Y si bien éste ha sido un tema cada vez más visible en el diseño de políticas públicas a nivel global en los últimos años (en nacimiento de ONU Mujeres, por ejemplo), no hemos avanzado de la misma manera en entablar una discusión sobre el ‘diseño del cuidado’ o la ‘planificación urbana del cuidado’. Un ejemplo es el diseño fallido de nuestra Tarjeta BIP en el Transantiago capitalino, la cual desconoce las economías del cuidado que muchas mujeres madres y también un número creciente de padres debe realizar a diario. ¿Por qué? Porque está diseñada para cobrar un tramo alimentador más un tramo troncal por la misma tarifa, pensando que todos y todas nos movemos de un punto A a un punto B en la ciudad, donde pasamos 8 horas trabajando, para luego volver de ese B al A. Ir a dejar a hijos al colegio, llevar a alguien al doctor, ir al supermercado, pagar las cuentas, hacer un trámite en la isapre, ir a la reunión de apoderados, etc., fueron actividades consideradas accesorias y anormales a la hora de planificar nuestro sistema de trasporte público masivo. Lo cierto es que la normalidad de más de la mitad de los usuarios del Transantiago (55% mujeres) es más bien asociada a recorridos enlazados y poligonales en la ciudad, más que unidireccionales, llevando a que muchas ciudadanas paguen montos muy superiores en transporte, vivan en una constante ‘pobreza de tiempo’ no contabilizada socialmente, o requieran de taxis y colectivos a la hora de moverse a pie, buscando protegerse de los peligros inminentes de esta ciudad no planificada para todos. Lo cierto es que desconocemos las limitaciones en la planificación de viaje, acceso al transporte y al empleo con enfoque de género, pues carecemos de indicadores que los midan.
Esto nos lleva a una segunda acción imperante para cambiar esta situación: necesitamos más y mejores indicadores urbanos. Es urgente medir la realidad de la ciudad, sin abstracciones que busquen igualar las necesidades que tenemos hombres y mujeres; sin juicios de valor, morales o culturales, que imaginen una sociedad donde hombres y mujeres se ocupan del cuidado de otros por igual. Seamos realistas, reconozcamos nuestras diferencias físicas y culturales, y actuemos en conjunto para construir ciudades más justas para todos, donde todos puedan acceder a la ciudad de mejor modo. Incorporar el género a la discusión del diseño urbano es fundamental para conseguir los objetivos de justicia, sostenibilidad y accesibilidad que deseamos para nuestro país. Partamos por sentarnos todos juntos a la mesa, y por medir mejor lo que queremos antes de diseñar.